viernes 6 de noviembre de 2009

Twittopía

Twitter es quizá hoy, entre las redes sociales, la más incomprendida, sin que esto signifique infra o sobre valorada.

Dejando de lado su peso en kilos o en gramos de trascendencia, su función es intrigante. Bouyerismo vil, tonelaje de paja digital, la patria de los «Social Media Experts», una herramienta mercadológica que sólo los chamanes entendidos pueden ver y manipular, público cautivo, la cúspide o el cimiento de una sociedad del absurdo. Los calificativos circulan a ríos por la blogosfera, los diarios digitales, conversaciones de bar y por las venas del Twitter mismo, sin dar alguno con el santo grial del consenso, tan escurridizo a medida del crecimiento de la internet y (aun más exponencial) el número de «tweets».

El análisis del medio, su estructura y funcionamiento, arrojan resultados que nacen muertos debido a la titánica (y aún hipotética) labor intelectual de dilucidar conclusiones en síntesis con el contenido generado por los usuarios Twitter de todo el mundo.

El experimento es simple: una búsqueda de las frases «Ya me voy», «Ahorita vengo», «Hola a todos», «Buenas noches», «Voy llegando» y las variantes semánticas o gramáticas de cada una, arrojarán probablemente una espeluznante cifra delatora de una vanalidad tremenda del contenido neto de Twitter, y si además se le sumaran monosílabos exclamativos (tan comunes como «Noooooo» o «Siiiiiiii») y todo se multiplicara por el número de idiomas (proporcional a los usuarios de cada habla, dato no disponible) y echando mano de la estadística proyectar el crecimiento del «index» de la búsqueda a x tiempo... Habría que ver qué porcentaje de los «tweets» pertenecen a ésta índole al final.

Las frases descontextualizadas se cuecen aparte. Yo mismo a lo largo de un año como usuario encuentro haber «twitteado» frases cuyo contexto no recuerdo en lo absoluto (cosas como «Sí ¿Tú crees? eso fue el miércoles» o «Pues pasé por ahí pero no entré»). La cuestión es que si yo no recuerdo por qué las dije, sencillamente ya no me interesan (hablando de que Twitter marca una línea de tiempo memorial de los sucesos y pensamientos de los usuarios) y dudo que a alguien con un fin cercano a lo bouyerista le puedan interesar o puedan servir para alguna investigación sociológica en el futuro. Hacer una búsqueda que logre identificar para indexar las frases descontextualizadas se antoja muy cercana imposible, y aún más algún programa capaz de contextualizarlas. Por lo pronto, si existiese un programa que realizara el experimento que planteo líneas arriba y dentro de trescientos años lo corrieran nuestros descendientes seguramente tendrían un concepto en buena medida erróneo (quiero pensar) de nuestra capacidad intelectual o simplemente una concepción de nosotros con un hueco enorme como la que tenemos nosotros acerca de muchas civilizaciones antiguas.

El único modo que se me ocurre es, por una parte, que los usuarios contextualicemos lo que publicamos, lo cuál tiene pros y contras (a favor tenemos que lograremos sacar de la condena a la vaguedad histórica nuestro contenido personal en Twitter -que finalmente es un documento de identidad de mayor riqueza que las actas de nacimiento-, y en contra que quizá el límite de ciento cuarenta caracteres del formato de Twitter ya no baste y con ello pierda algo o mucho de la síntesis que caracteriza a esta red social) y por otra parte algún mecanismo que permitiera la etiquetación de las entradas por una elección propia de la importancia de lo que uno dice, que si bien sería totalmente subjetiva, mucho ayudaría a la hora de, en primera, meditar lo que se está a punto de escribir, y en segunda, facilitar su lectura y comprensión a posteriori, permitiendo esto seguir poniendo diario «Hola, ya vine» pero sin tener el mismo nivel que «Acaba de explotar una pipa a media cuadra de mi casa».

Es escalofriante imaginar que los que están tras el monstruo (¿Gólem?) de Twitter no se cuestionen acerca de esto, pero lo es aun más imaginar que lo piensan y sin más han exclamado casi nada al respecto públicamente, causando infinitas suposiciones que a su vez se discuten en todos lados y a lo mejor en el mismo Twitter, que por lo pronto parece no terminar de ser el inicio de sí mismo, pero que no sabemos a ciencia cierta el tamaño que tendrá este inicio al que le echamos leña diario, mucho menos el final del cuento.

miércoles 14 de octubre de 2009

Code Is Poetry (proto-ensayo)



Code is poetry
es un conocido lema (de la invención de Matt Mullenweg) dentro del mundillo de los programadores y a todos nos gusta pensar que es así, pero yo no sé de ninguno que haya explicado el porqué.

Algunos han jugado con la idea del poema geek, redactando un programa donde constantes, variables o funciones son sustituidas por palabras o frases de amor; o al revés, introduciendo terminología tecnológica o de programación dentro de un poema “convencional”, logrando juntar (con guasa o no de por medio) esos dos países que parecen tan distantes, y aunque constituyen un puente poco explorado (y a mi ver, con un futuro seminal), el lado donde se tocan más ambas tierras no es ese exactamente.

El código y en concreto la programación entera, como toda buena obra de arte comienza por el final (ya lo dijo Poe), y así son los poemas también.

¿De qué habla el código? ¿De la muerte, del sol, de las aves? Habla de esto y de todo lo demás, hace hipérbaton, metátofas y todo, también existe la ira en la búsqueda de la expresión precisa valiéndose de la sintaxis y la lógica. La programación y la poesía levantan edificios de las arquitecturas que se antojen y una coma perdida o un adjetivo mal puesto pueden venirlos abajo. Incluso como los poemas, el creador de código -o un lector que conozca bien su obra- puede ver el cuerpo de su redacción como se ve un mapa extendido con orografía, rutas y acotaciones.

El programador de C, PHP, Basic, Cobol o lo que sea se refiere a los mismos temas que refiere la poesía desde que existe: la sexualidad y la muerte (¿Acaso hay otros?) la mayoría de las veces sin siquiera saberlo, pues se ha hecho por generar un sistema educativo donde nacen ingenieros que no filosofan acerca de su labor (u otras cosas), pero hay en todo código (como en las fórmulas matemáticas) una travesía para encontrar la lógica, y con ella siempre llega la correspondencia con el orden del cosmos o lo que el ser humano entiende -o busca entender- por eso, y ello trasciende a su funcionalidad.

¿Qué más da lo funcional de una página que usa CSS que vende instrumentos de cocina o silicona? Ahí adentro hay poesía. ¿La finalidad mercadotécnica de su continente devalúa al poema? ¿No son los libros mismos un continente de mercado? Me parece infértil ahondar en este asunto.

Lo que ven los usuarios no es “real”, el botón de inicio, la barra de estado, las ventanas, las barras de progreso, los logos, nada lo es. Es el resultado de ceros y unos manipulados en dos sentidos. El primero para que el programa o sistema realicen procesos solicitados, y el segundo para que el usuario vea de un modo más digerible y de manera representativa ese sistema, programa o proceso. En general los lenguajes de programación tampoco son el “real” lenguaje de la máquina, y de modo estricto tampoco los “ceros y unos”, pues estos dos símbolos son sólo la representación lógica de presencia o ausencia de carga eléctrica.

El programador se ve entonces lidiando entre los dos mundos, ambos estériles. Uno donde reina el usuario, lejano, sempiterno, su interfaz. Otro la caja de circuitos, inquisidora, desoladora; internarse en su existencialidad provoca una melancolía como la que debe sentir un encargado de limpieza de la NASA que diario a mitad de la noche observa en un monitor gigantesco las imágenes que manda la más lejana de las sondas espaciales mientras no puede hacer más que barrer. El poeta se encuentra igual entre mundos, en esa mutación constante que va entre suertes de dios y esclavo borrando la dimensión tiempo.

Espero después de la idea de ese párrafo unos y otros (programadores y poetas) se comiencen a entender más que a simples señas.

El motor de estos dos seres -que pintan tan distante- es el mismo. La necesidad de supervivencia: dar orden al entorno, saber de sí mismos, comer. El programador comienza las más por lo último (tanto en el sentido estricto como en el sentido más amplio y filosófico del término), pero llega a verse en el mismo proceso de ignición del poeta (que también busca matarse hambres); es decir, llega a experimentar ese deseo inexplicable por desarrollar un código, la funcionalidad entonces se convierte en mero pretexto.

Es cierto, code is poetry, pero también la poesía es código; contiene sentencias, inicializa, declara, hace bucles y se hace en el lenguaje “humano”, que igual que el lenguaje de programación dista de tener los mismos significados que el del lector (ya lo decía Saussure con sus singnifiant y signifie) y que tampoco ninguna lengua se ha visto suficiente en el interior del hombre para expresarle con la exactitud quirúrgica que quisiera. A la mitad de la búsqueda de esa exactitud nacieron -como muchas otras cosas- la poesía y el código, al calor de intrincadas luchas filosóficas, deleznando y enaltenciendo el valor estético a lo extenso del eje histórico (porque el valor estético también anda en lógica, números, variables y constantes).

Me niego a aceptar que los códigos tiene algo de poético nada más. Tampoco creo que la programación sea un arte aparte que guarda correspondencia con las demás y la más cercana de ellas sea la poesía o que sea algo meramente artesanal. Un código es un poema en otra lengua, dependiente de las estructuras de ésta, con sus limitantes; uno se expresa usándola con el ingenio que requiere cualquier poeta con su lengua de labor. ¿Realmente qué tan lejos está Sabina de Prolog? Si se le niega su lugar como poesía al código es mera soberbia.

sábado 10 de octubre de 2009

Paz

Cuando te duermes con el hocico oliendo a queso manchego, alcohol y menstruación, puedes morir en paz y sin ningún remordimiento.

lunes 5 de octubre de 2009

Micaela



Casi diez años buscando esta canción, la encontré con estos monos, pero la versión que yo conozco es muy vieja y se escuchaba como una orquesta entre de los cuarentas y de los cincuentas, las sospechas del acento del cantante (que escucho como un lejano fantasma en la memoria) me llevan a Cuba... pero bueno, algo es algo.

sábado 3 de octubre de 2009

¿Qué libro se le regala a un jubilado?

Mi padre y una hermana de mi madre se jubilaron (maestros de secundaria) la semana pasada. El viejo no quiso hacer fiesta (le heredé lo “contreras”) y la tía va a hacer una en grande al rato (dicen que con mariachi).

Antier de repente la vida me sonríe poquito y de deber ochocientos varos pasé en tres horas a tener cero deudas y dos cheques por mil pesotes en la cartera (no gratuitos, seguramente me costarán varias noches pegado en el Dreamweaver) y dicha interrogante me asalta.

Yo, que para ahorrarme pedos de andar buscando entre tallas, colores o sabores siempre regalo libros, no sé cuál chingaos se le debe regalar a un jubilado.

Todos los que no son de temas tristes (melancolía, nostalgia, añoranzas, etc.) parecen regalos tan frívolos, como el Quijote; o invitaciones a la evasión de la realidad, como los de aventura o detectives...



Y dejo una de Los Jubilados, de las pocas tropicaladas que me laykan.

viernes 2 de octubre de 2009

Verdades I

Las fotos de La Jornada siempre son chidas.


"El secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, y la dirigente nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, participaron en la ceremonia oficial que encabezó el presidente Felipe Calderón en Morelia..."

miércoles 30 de septiembre de 2009

Las batallas

Yo no sabía que Las Batallas de los cafetos está basada en Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco.