No sé si esto se publicará en Metatextos, porque lo mandé con retardo, pero ps si no, aquí está.
Como decía su amigo el Fer: “Que seas ateo no te exime de que Dios te quiera chingar”. Lo dijo ebrio, bromeando, pero nunca dejó de tener razón. Y es que a fin de cuentas se trata de servirle de juguete al tipo barbón de la túnica blanca.
Romina solía decir estas y otras cosas, aunque últimamente se callaba al ver que empezó a ser tachada como una suerte de alien teológico.
Ahora que estaba ahí, parada en la banqueta, chorreando sobre mojado por culpa de algunos autos, la tarea de matemáticas -la que le piden impecable- goteando caldo de hojas sobre la temblorina de sus piernas, pensaba Romina. Todo esto se trataba -la vida- de acostumbrarse a ser títetere y ser extraño si se queja uno.
Romina entonces lloró y lloró -no se sabe por cuál de todas sus tristezas- hasta que la ciudad no supo más qué la inundaba en realidad, se mojaron los pisos más altos, la ropa de los tendederos nadaba, la gente flotó varios kilómetros lejos de su origen; no paraba la lluvia, no paraba Romina.
El mundo se ahogó. No quedó nada y no hubo ningún arca con Noé ni nada parecido. El planeta se hundió aquel octubre del 92.
Dios apareció entonces, le explicó cosas a Romina, casi todo, o más bien todo lo que quiso saber. Estaba extasiada, ya no había mundo al cuál contarle los secretos, pero ¡Qué grande hubiera sido iluminar tantas cabezas! cabezas hundidas en el fondo del mundo.
Pasados unos minutos de la gran revelación, como todo traicionero, Dios borró a Romina de su gracia y dio vuelta atrás al reloj, la volvió a poner en la banqueta y le amarró un hilo a la cabeza que, ultimadamente, era el que le faltaba desde el principio.


dios y romina... romina y dios... esas relaciones, caray
ResponderEliminar