miércoles, 14 de octubre de 2009

Code Is Poetry (proto-ensayo)



Code is poetry
es un conocido lema (de la invención de Matt Mullenweg) dentro del mundillo de los programadores y a todos nos gusta pensar que es así, pero yo no sé de ninguno que haya explicado el porqué.

Algunos han jugado con la idea del poema geek, redactando un programa donde constantes, variables o funciones son sustituidas por palabras o frases de amor; o al revés, introduciendo terminología tecnológica o de programación dentro de un poema “convencional”, logrando juntar (con guasa o no de por medio) esos dos países que parecen tan distantes, y aunque constituyen un puente poco explorado (y a mi ver, con un futuro seminal), el lado donde se tocan más ambas tierras no es ese exactamente.

El código y en concreto la programación entera, como toda buena obra de arte comienza por el final (ya lo dijo Poe), y así son los poemas también.

¿De qué habla el código? ¿De la muerte, del sol, de las aves? Habla de esto y de todo lo demás, hace hipérbaton, metátofas y todo, también existe la ira en la búsqueda de la expresión precisa valiéndose de la sintaxis y la lógica. La programación y la poesía levantan edificios de las arquitecturas que se antojen y una coma perdida o un adjetivo mal puesto pueden venirlos abajo. Incluso como los poemas, el creador de código -o un lector que conozca bien su obra- puede ver el cuerpo de su redacción como se ve un mapa extendido con orografía, rutas y acotaciones.

El programador de C, PHP, Basic, Cobol o lo que sea se refiere a los mismos temas que refiere la poesía desde que existe: la sexualidad y la muerte (¿Acaso hay otros?) la mayoría de las veces sin siquiera saberlo, pues se ha hecho por generar un sistema educativo donde nacen ingenieros que no filosofan acerca de su labor (u otras cosas), pero hay en todo código (como en las fórmulas matemáticas) una travesía para encontrar la lógica, y con ella siempre llega la correspondencia con el orden del cosmos o lo que el ser humano entiende -o busca entender- por eso, y ello trasciende a su funcionalidad.

¿Qué más da lo funcional de una página que usa CSS que vende instrumentos de cocina o silicona? Ahí adentro hay poesía. ¿La finalidad mercadotécnica de su continente devalúa al poema? ¿No son los libros mismos un continente de mercado? Me parece infértil ahondar en este asunto.

Lo que ven los usuarios no es “real”, el botón de inicio, la barra de estado, las ventanas, las barras de progreso, los logos, nada lo es. Es el resultado de ceros y unos manipulados en dos sentidos. El primero para que el programa o sistema realicen procesos solicitados, y el segundo para que el usuario vea de un modo más digerible y de manera representativa ese sistema, programa o proceso. En general los lenguajes de programación tampoco son el “real” lenguaje de la máquina, y de modo estricto tampoco los “ceros y unos”, pues estos dos símbolos son sólo la representación lógica de presencia o ausencia de carga eléctrica.

El programador se ve entonces lidiando entre los dos mundos, ambos estériles. Uno donde reina el usuario, lejano, sempiterno, su interfaz. Otro la caja de circuitos, inquisidora, desoladora; internarse en su existencialidad provoca una melancolía como la que debe sentir un encargado de limpieza de la NASA que diario a mitad de la noche observa en un monitor gigantesco las imágenes que manda la más lejana de las sondas espaciales mientras no puede hacer más que barrer. El poeta se encuentra igual entre mundos, en esa mutación constante que va entre suertes de dios y esclavo borrando la dimensión tiempo.

Espero después de la idea de ese párrafo unos y otros (programadores y poetas) se comiencen a entender más que a simples señas.

El motor de estos dos seres -que pintan tan distante- es el mismo. La necesidad de supervivencia: dar orden al entorno, saber de sí mismos, comer. El programador comienza las más por lo último (tanto en el sentido estricto como en el sentido más amplio y filosófico del término), pero llega a verse en el mismo proceso de ignición del poeta (que también busca matarse hambres); es decir, llega a experimentar ese deseo inexplicable por desarrollar un código, la funcionalidad entonces se convierte en mero pretexto.

Es cierto, code is poetry, pero también la poesía es código; contiene sentencias, inicializa, declara, hace bucles y se hace en el lenguaje “humano”, que igual que el lenguaje de programación dista de tener los mismos significados que el del lector (ya lo decía Saussure con sus singnifiant y signifie) y que tampoco ninguna lengua se ha visto suficiente en el interior del hombre para expresarle con la exactitud quirúrgica que quisiera. A la mitad de la búsqueda de esa exactitud nacieron -como muchas otras cosas- la poesía y el código, al calor de intrincadas luchas filosóficas, deleznando y enaltenciendo el valor estético a lo extenso del eje histórico (porque el valor estético también anda en lógica, números, variables y constantes).

Me niego a aceptar que los códigos tiene algo de poético nada más. Tampoco creo que la programación sea un arte aparte que guarda correspondencia con las demás y la más cercana de ellas sea la poesía o que sea algo meramente artesanal. Un código es un poema en otra lengua, dependiente de las estructuras de ésta, con sus limitantes; uno se expresa usándola con el ingenio que requiere cualquier poeta con su lengua de labor. ¿Realmente qué tan lejos está Sabina de Prolog? Si se le niega su lugar como poesía al código es mera soberbia.

2 comentarios:

  1. oh si, es como cuando un conocido comenzó a escribir poesía hablando sobre los cables , los circuitos y los foquitos... PUAJ.

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