martes, 14 de julio de 2009

Dios, la T.V. y el televisionismo

Puede que la televisión se encuentre en el nivel de la divinidad y, si bien no existe desde el principio de los tiempos, la televisión ha hecho que la noción de la historia que tenemos sea paralela a ella y a través de ella. Esto parte desde la mera noción del tiempo, la cual también es marcada por la televisión, una noción que es pura rapidez y en la que pareciera que todo mensaje cabe en veinte segundos, los días transcurren en algunas media horas y la vida entera (la telenovela de la vida) dura más o menos trescientos capítulos. Este desajuste-choque en la percepción del tiempo que una o dos generaciones han asimilado -y otras han nacido y habrán de nacer con ella- se mezcla con la noción histórica planteada por el estado desde los libros de texto en la que por varias décadas se omitieron pasajes de la historia del país y se destacaron -y se destacan- hechos que forman una orografía de la historia de desniveles muy débiles ante un sometimiento a la lógica y que para acabar, por algún extraño motivo la realidad del presente no parece ser un resultado que, de tales variables, se pudiera esperar (y que de todos modos no paramos de esperar). Ambos argumentos (el tiempo televisivo y el tiempo oficial) no se contradicen y esto es aprovechado; de repente la televisión existe antes que todo, y en la mayoría de los casos, el presidente se convierte en su pontífice y la democracia es doctrina, mientras esta permita mantener los desniveles en la noción histórica. Hasta el momento lo permite, logrando un pueblo que ha aprendido a vivir sin saber cuál es su situación temporal exacta y por ende la situación historia de los lugares donde ha puesto el pie (es decir en la desorientación tiempo-espacio) y así con una desubicación constante y pasiva similar a la de la ceguera, se convierte a este país en la tierra de los ciegos, donde a los que no son ciegos se les enmudece, o más bien dicho enmudecen, claro, por castigo de Dios. Porque, en términos del llamado cuarto poder (y más allá), también es todopoderosa la televisión.

Es milagrosa y al guardar silencio le ha arreglado la vida a muchos, y a otros miles al aire al simplemente regalarles el milagro en forma de lavadora, un millón de dólares o una casa. Además la justicia divina, la realmente divina, la hace la televisión. La justicia de los juzgados, las fotocopias y los folders crema no es justicia real porque no se entiende, es demasiado engorrosa su razón y sus tramas, y en segunda porque es corruptible, sucia. En cambio la señorita Laura se percibe incorruptible, es incorruptible, un verdadero ser de Dios. Todo juicio emanado de la televisión es inapelable, no hay perdón ni fianza ni amparo (a menos que se compren), de tal suerte que si el IFE dice que no hubo fraude, es cuestionable para la mitad del país; pero si la televisión repite más de dos veces que no lo es, entonces llamaremos renegados y perdedores a esos cuántos que han extraviado la luz del buen camino (pobres).

Tiene la tele un paraíso, un cielo al que aspiramos. De hecho nos lo muestra todo el tiempo, a cada hora centenares de formas de divinidad, de santidad. Cada súper modelo que muestra maquillaje, cada cuerpo que muestra su esbeltura, cada hombre suavemente rasurado, cada casa en la perfección de su decorado e iluminación, cada opinión que nadie contradice, que nadie parece querer contradecir, como si las opiniones de quienes habitan la televisión fueran oraciones, caminos al nirvana. En el cielo de la televisión todo es perfecto, sin discordia, el cielo de este Dios es mejor que el de los otros, porque en él hay lujos materiales infinitos y estos -todos lo sabemos- son la verdadera y única espiritualidad que conocemos los hijos de Dios.

Tener un televisor en casa bendice la vida, el hogar es transformado en un templo entonces, se bendicen las comidas con los productos que Dios manda y por supuesto, con su propia presencia a la mesa. Dios comprende, se hace pescador humilde y comparte las penurias obreras en cada spot político, pero también entiende nuestros sueños, nuestros anhelos más inconcientes y nos los dibuja nítidamente, como ningún otro Dios, en la publicidad automotriz o de vivienda como una gran promesa. Él sabe. Por eso tiene la autoridad de dar sermones, sabe perfectamente lo que cada uno de sus hijos quiere, no se equivoca, él sabe y por ello se debe confiar plenamente en su decir.

Dios es también misericordioso, y si por azares que sólo él comprende no te ha ido bien en el día o en el año o en la vida entera siempre puedes sentir la redención, realizarte como ser humano a través de Dios, escudriñar hasta la médula un partido con la cámara phantom y sus repeticiones, triunfar en él y celebrarlo hasta el fin de tus días aprendiéndote las estadísticas, vivir el penitente calvario que es pasar de pobre a rica en cada telenovela, tener una familia perfecta en cada comercial de cereal.

Este Dios no está peleado con la ciencia, al contrario, es su constante creador. Investiga, experimenta, compara, comprueba, publica santo y seña de cuanto descubren sus ángeles Discovery y sus querubines History, ellos generan las Certezas Científicas de cuyos escurrimientos se harán las cápsulas de diez segundos de toda la radio y tele abierta durante felices años de progreso, trabajo duro, o risa anti-crisis, según diga Dios que es el mundo.

La televisión es un Dios omnipresente también -y esto es lo más importante de todo- tan ubicuo que no solo rebasa tiempo y espacio, sino a la televisión misma. Es pagano dar por cierta esa definición de los llamados Mass Media. En realidad sólo existe la televisión y unas cuantas formas diversas de su manifestación como: la televisión radio, la televisión impresa y la televisión internet. La radio, la prensa y la red de redes, sin su esencia televisiva no son medios masivos, son así poco más que un llano tríptico, y a decir verdad ya casi no existen casos de esto. La televisión ya no es más un medio de comunicación, sino que se convirtió en toda una cultura abrazada por el mundo entero de tal modo que, aunque un niño africano no haya visto nunca un monitor sintonizado, siente perfectamente en carne propia los movimientos más ínfimos de la bestia, de la cultura más grande que haya existido en este planeta, pero eso fue hace mucho, ahora la televisión es un Dios y todos pertenecemos a la nueva (¿o sempiterna?) religión del televisionismo aunque nos disguste (de igual modo que algunos nacimos en el catolicismo contra nuestra voluntad adulta), con la diferencia de que es un Dios existente, palpable, medible -no finito-, y al que de uno u otro modo (ateos o no) le hemos rezado, reto a negarlo.


2 comentarios:

  1. Es el gran ojo que filtra lo que acontece en este planetita y sus alrededores inmediatos.
    La televisión es el perfecto escape, el modelo elemental de catársis, el estabilizador, la amalgama entre al cruda realidad y el ditirambo báquico por el cual se vierten los anhelos.
    Ea esto no es una elegía, es más bien un raquítico comentario.

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  2. a veces prendo ese dios nada mas para no sentirme sola jaja

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